Las drogas o los seres humanos ¿dónde está el problema?
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Oriol Martí publicado en GARA el 19 de agosto de 2001.
drogas y drogodependencias: Oriol Martí Médico, autor de
«Todo lo que quisiste saber sobre la dependencia a las
drogas»
Las drogas o los
seres humanos, ¿dónde está el problema?
Desde hace algunos días vengo siguiendo con interés un debate ya clásico en GARA, el debate sobre las drogodependencias. Trataré en las próximas líneas de señalar algunos de mis puntos de vista más fundamentales.
En primer lugar deseo recordar que el ser humano, por el mero hecho de serlo ya es un ser dependiente porque durante mucho tiempo años necesita de un entorno social bien definido que le cuide y alimente hasta adquirir una cierta autonomía. La dependencia como fenómeno antropológico es algo inherente a la especie humana y nos acompaña a lo largo de nuestra vida. El discurso dominante usa habitualmente esta palabra cargándola de sentido negativo, cuando todo ser humano, por el mero hecho de serlo, depende de los demás. Desgraciadamente, la palabra dependencia se usa relacionándola con los usos abusivos de drogas de forma casi exclusiva y esto es un grave error.
Pero esto no es todo: es a causa de esta profunda precariedad humana que el ser humano sólo puede ser concebido como ser social: aquí los contenidos antropológicos se llenan de contenidos históricos: cada ser humano lleva grabado en su cuerpo, y particularmente en su cerebro, categorías sociales de las que es portador que le fueron introyectadas desde el mismo momento de nacer; de clase, de sexo/género, la lengua materna... cada sujeto humano lo es en la medida en que es portador como tal de estas categorías y las encarna y ejerce en su actividad cotidiana.
Argumentos tan populares y sostenidos de que «cada cual puede hacer con su cuerpo lo que quiera» y otros por el estilo obvian este componente antropológico fundamental (todo ser humano es intrínsecamente dependiente y esta dependencia se expresa histórica y socialmente) y las implicaciones políticas que de él se derivan. Confunden al «sujeto» (que remite a lo que está sujetado, a vínculo, a atadura, a relación en una palabra) con «individuo», esta entelequia que nació con la Modernidad, el ser guiado por la razón, que controla todos sus impulsos, que es libre y «que se hizo a sí mismo», que no es otro que el mito del hombre varón, blanco, y obviamente burgués. Además de esto, este «individuo» no depende de nada ni nadie, cosa que es una absurdidad antropológica e histórica.
Cuando se banaliza el libre consumo de drogas con el presupuesto de que esto es progresista o de izquierdas porque cada cual puede hacer consigo lo que quiera, quienes dicen esto presuponen al individuo y no al sujeto y se colocan en la defensa de algunas posiciones que a estas alturas me resultan más que inquietantes; veámoslas brevemente:
1. Que como la razón me guía, los usos que pueda hacer yo como individuo de las drogas vendrán dirigidas por mi razón y mi conocimiento y no he de temer nada.
2. Que estos usos serán siempre lúdicos, orientados a la investigación y al autoconocimiento... sin consecuencias físicas y psíquicas de ningún tipo.
3. Que los usos curativos de las drogas pueden ser regulados por el individuo mismo, que es quien «mejor que nadie sabe lo que le pasa».
Estos puntos de vista no se sostienen pese al enorme éxito publicitario y mediático que tienen, porque no contemplan:
Que cada ser humano, como ser social y portador de un psiquismo único, vive inserto en una doble tensión a lo largo de su vida: las tensiones generadas por los estímulos y presiones que proceden de fuera de él, de su entorno (estar en paro, vivir una catástrofe natural, vivir en una zona muy ruidosa y no poder marcharse...) o las que proceden de su interior (de su carácter, su estructura psíquica, sus vivencias internas cargadas de afecto, de sus decursos inconscientes).
La verdades que unas y otras se imbrican en nuestro cerebro y sólo las separamos por consideraciones didácticas: por ejemplo, estar en paro (una condición social) genera angustia e irritabilidad (unos síntomas psíquicos).
Inversamente, perder un ser querido nos genera tristeza (una condición psíquica) y nos obliga a adoptar una nueva condición social (por ejemplo, la viudez).
Frente a las primeras uno puede acomodarse, luchar, o huir y reacomodarse en un entorno menos conflictivo; frente a las segundas, que se condensan en esto que denominamos «dolor psíquico», las posibles respuestas son más complejas pero posibles y deseables: cuando alguien se interroga sobre ¿por qué me ocurre siempre esto?, o se dice «no puedo seguir así, he de buscar ayuda» o «he de poder mirarme al espejo», está empezando a resolver un enigma con cuya resolución espera sufrir psíquicamente menos y ser más feliz.
Pero tanto en un caso como en otro, cuando los seres humanos están sometidos a presiones externas o internas tienen «otra» solución de dudoso éxito pero amplísimamente utilizada por la humanidad en tiempos de crisis: tomar substancias que les cambien las condiciones psíquicas para mirar de reducir el monto de malestar psíquico, ingesta de substancias que muy a menudo va haciéndose compulsiva y por derivación dañina para la salud.
Es lo que Freud, muy oportunamente, denominó «quitapenas» que encuentran su más paradigmática expresión en el «beber para olvidar», entre muchísimas otras. Y como son seres dependientes, la substancia con la que calman sus malestares se entrama en su mente al extremo de condicionar su funcionamento psíquico. Desgraciadamente, la historia y la «clínica» están llenas de ejemplos de uso de esta «mala» solución.
El «uso compulsivo» es antitético a los usos reiterativos, normalizados, insertos en la vida cotidiana de las sociedades y en las formas de actuar de las personas, pero muy a menudo a causa de la naturaleza misma de estas sustancias la línea que separa el «uso no adictivo» del «adictivo» es muy fina, y suele torcerse frente a los permanentes estímulos que recibimos... el supuesto «no sufras, yo sí que controlo» no es más que una entelequia.
El problema pues, no son las drogas sino los usos que los sujetos humanos hacemos de ellas, que vienen condicionados por las presiones interiores y las exteriores a las que nos vemos sometidos y muy a menudo; la adicción no es más que una forma de autodestrucción, resultado de la imposibilidad de luchar a nivel social o de interrogarse a nivel personal que implica «pan para ahora y hambre para después». Las cosas no son tan simples como algunos las pintan. Además, hemos de señalar que cuando un colectivo humano se ve ampliamente presionado a diferentes niveles, (es invadido, ha de migrar por hambre, hay una guerra...) el tránsito del uso normalizado reiterativo y no compulsivo de unas substancias psicoactivas a un uso compulsivo, adictivo suele ser frecuente, y a nivel individual suele ocurrir otro tanto cuando somos sometidos a presiones de diverso origen.
Los seres humanos no «controlan» tanto como los apologetas del «yo puedo tomar lo que quiero porque controlo muy bien» nos dicen... y este aspecto contiene muchas implicaciones psicológicas pero sobre todo políticas. Sobre estas cosas Iñaki Gil de San Vicente, Txus Congil o Xabier Arana han dicho cosas muy interesantes, que comparto y que no repetiré ahora. Sólo recordar un detalle: paralelamente a los hechos de Génova se hizo la «Love Parade» de Berlín. Los asistentes, muchos bajo los efectos de las drogas de diseño o fuertes estimulantes bailaban sin parar. En Berlín no hacían falta poli-cías y en Génova sí. Repito: las cosas no son tan simples como estos militantes «por la libre consumición de drogas» nos dicen. Otra cosa sería discutir cómo se ha de recuperar el uso de estas sus- tancias como vehículo de cultura... pero dudo que esto se consiga con más «Loves Parades» o más fumadas de marihuana en público. *